El lago Caburgua: el agua que se fue, el agua que volvió y una escuela de navegación

Desde 2010 el lago Caburgua perdió gran parte de su agua; hoy está en su nivel máximo y vuelve a desaguar. La Dirección General de Aguas explica los ciclos del lago y Cristian enseña a navegar a los niños con la fuerza del viento.

Un hombre con lentes oscuros y chaleco salvavidas amarillo mira hacia el horizonte desde un velero en el lago, con cerros verdes y cielo con nubes al fondo.

Caburgua significa, en mapudungún, «lugar donde se escarba», por la forma del lago. Pero no siempre se ha visto como hoy: desde 2010 el lago empezó a experimentar una fuerte disminución de sus aguas, hasta quedar con orillas secas. Eduardo Montoya llega ahora a un escenario muy distinto y lo recorre acompañado por la Dirección General de Aguas de la Araucanía y por una escuela de navegación a vela.

Un lago vivo y cíclico

La Dirección General de Aguas explica lo esencial: los cursos de agua, y en particular los lagos, están vivos. El agua es finita, no va a durar para siempre, pero tiene un ciclo que le permite regenerarse. La recuperación reciente se debe a que ha llovido más y a que la nieve aportó mucho más que las precipitaciones. La última vez que el lago desaguó de forma natural fue alrededor de 2009, y la sequía había partido en la región en 2008. Los ciclos del agua duran más de un año: porque llueva mucho un año no hay una recuperación inmediata.

Quienes han vivido siempre en el lugar cuentan que el lago es cíclico: tiene disminuciones bruscas y también aumentos bruscos, y cada cierto tiempo desagua de forma natural. Para estudiarlo mejor, el servicio evalúa instalar estaciones nivales que den información más precisa.

Una escuela de navegación

En la orilla, Cristian cuenta que hoy el lago está al nivel máximo y desagua, algo que no pasaba hace años: durante varios años estuvo muy bajo y todos estaban preocupados, pero la naturaleza volvió a donde tenía que volver. Lo cíclico, dice, nos recuerda que somos habitantes de paso en la vida del lago: creíamos que los cambios eran para siempre y no lo eran.

Su emprendimiento es una escuela de navegación. La idea de fondo es integrar los deportes de naturaleza a las comunidades, sobre todo a los niños que viven allí: hay miles de kilómetros de costa y de montaña, y muy poca gente sabe navegar. La navegación a vela usa energía limpia, la del viento, y por eso Cristian la considera un valor para enseñar y para alejar a las nuevas generaciones de los motores: subirse a una lancha es más fácil que tomarse el tiempo de aprender a navegar. También hay muchos adultos con curiosidad, y navegar es una buena experiencia como deporte, en familia o con amigos.

Los ojos del Caburgua

En la conversación aparece también la contaminación accidental: papeles que se vuelan al abrir la puerta del auto, botellas que quedan en la playa. Cada clase empieza con una pizarra, y es ahí donde se habla de evitar ese descuido. Cristian cuenta además que el lago tiene un desagüe subterráneo que sale en los llamados ojos del Caburgua: una laguna azul, un pozón espontáneo del que nace un río. Montoya, ya navegando, cierra la jornada diciendo que fue un bálsamo en su vida y que esta labor de inculcar a los niños el cuidado del agua va en la línea de lo que el programa quiere proyectar: cambiar juntos un mundo lleno de plástico y de residuos.

Mira esta historia en el programa

Esta historia es parte del capítulo «10 de noviembre de 2024» de Dejando Huellas. Mírala y descubre las otras que se cuentan en el mismo episodio.

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