Esperanza sobre cascos: la hipoterapia gratuita que transforma vidas en Pichilemu

En Pichilemu, una familia financia de su bolsillo un centro de hipoterapia gratuita para niños y niñas con capacidades diferentes. Un caballo manso, un equipo de profesionales y un puente de confianza entre dos hermanas.

Un hombre con gorra y lentes oscuros se agacha junto a una niña pequeña, ambos sonrientes, frente a un caballo con cabestro azul en un establo de madera.

En la costa de Pichilemu, donde el Pacífico atrae a surfistas de todo el mundo, hay una historia más silenciosa de amor, esfuerzo y rehabilitación. Entre arboledas rurales y brisa marina, la familia de Carlos mantiene un centro de hipoterapia que cambia el destino de niños y niñas con capacidades diferentes. Todo se financia de su propio bolsillo y las sesiones son gratuitas para las familias que no pueden pagar terapias especializadas; algunos padres que sí pueden aportan, pero el objetivo, dice, no es hacerse millonario, sino apoyar a la comunidad.

Sobre la paz que se ve al final de cada sesión, Carlos lo resume así: «Cuando se van, se van durmiendo; se suben al auto y quedan dormidos dos o tres horas, porque ellos son niños a los que les cuesta dormir. La liberación de serotonina y endorfinas que genera el caballo en nosotros es increíble».

El origen del proyecto

El centro no nació de la improvisación. Carlos, quien lo impulsa, es profesor de Educación Física, tiene una especialización en psicomotricidad terapéutica y cursó varios años de Kinesiología, estudios que le dieron una comprensión profunda de la biomecánica del cuerpo y de los estímulos del sistema nervioso.

Antes de retirarse de la salud pública, aprovechó su último año de servicio en el hospital local para poner en marcha el programa inicial, junto a kinesiólogos, terapeutas ocupacionales y psicólogos. Atendían a niños con discapacidades físicas y neurológicas, y también a adolescentes con cuadros de estrés postraumático. Al terminar su ciclo en el hospital decidió sostener el trabajo de forma independiente y gratuita, junto a su esposa, Carolina, y su hijo, estudiante de tercer año de Medicina Veterinaria. Años antes, esa misma vocación de servir a la comunidad lo había llevado a enseñar a nadar a decenas de niños de la zona.

Trueno, «el doctor»

El gran coprotagonista es Trueno, un caballo muy tranquilo al que las familias bautizaron como «el doctor» por su sensibilidad con los pequeños. Perteneció al mundo del rodeo, aunque nunca llegó a competir. Después de que la familia perdiera a su primera yegua terapéutica, el dueño de Trueno, al saberlo, les ofreció venderlo a un precio muy módico, y empezaron a enseñarle, porque venía de vivir libre y no en un lugar cerrado.

La hipoterapia se apoya en fundamentos precisos. Cuando un niño se sienta sobre el caballo, el movimiento tridimensional del lomo estimula los mismos grupos musculares que se activan al caminar. Para quienes tienen movilidad reducida, la marcha del animal le da al sistema nervioso y muscular la experiencia motora de caminar. Además, el contacto con el animal y el ritmo constante favorecen la liberación de endorfinas y serotonina, que ayudan a regular el ánimo y a reducir la ansiedad. El estímulo relaja las zonas rígidas y las posturas muy flectadas, y los niños con trastornos del sueño pueden descansar hasta tres horas seguidas después de la sesión.

Para cuidar al caballo y evitarle estrés o sobrecarga, las sesiones son individuales y duran como máximo 20 minutos.

El caso de Anaís

Uno de los testimonios más conmovedores es el de Anaís, una niña de 12 años con síndrome de Rett atípico, una condición genética poco frecuente que afecta casi exclusivamente a mujeres. Su primer acercamiento al caballo estuvo lleno de aprensión y temor.

Para derribar esa barrera, el equipo recurrió a un puente de confianza: su hermana menor, Amanda, que tenía apenas 8 meses cuando comenzó el proceso. Primero acercaban a Amanda al caballo y después se acercaba Anaís junto a ellos: un proceso de confianza, con el que Anaís fue perdiendo el miedo, extendió las manos y empezó a construir un lazo con el animal.

Los cambios son evidentes. Sin terapia, Anaís suele tener una postura muy flectada; junto al caballo, queda totalmente extendida. Los temblores que aparecen en reposo cesaron junto al caballo. Y logra ponerse en posición bípeda, lo más extendida posible, con apoyo.

Su madre lo cuenta con emoción: «Estoy agradecida primero de Carlos y de su familia por darme esta oportunidad, sobre todo para la niña. Anaís tiene 12 años y síndrome de Rett atípico. Ha tenido un gran avance: de la primera sesión que no quería tocar al caballo, a la tercera sesión ya lo acariciaba y se subía. Esta es la única y primera oportunidad que he tenido para que tenga contacto con el animal y esta bonita terapia. Es difícil encontrar que este servicio sea gratuito para la comunidad; le digo a los papás que se atrevan a traer a sus hijos para ver un gran avance y tener una mejor calidad de vida».

Pirata, una segunda oportunidad

La sanación en este rincón de Pichilemu es un camino de doble vía: los animales ayudan a rehabilitar a los niños, y la familia también rescata a caballos vulnerables. Es el caso de Pirata, un potro reproductor de excelente linaje, nieto del recordado campeón de Chile Sedal, que perdió un ojo en campo abierto y, por esa condición, enfrentaba la amenaza del sacrificio, un destino habitual para los equinos lesionados.

Carlos tomó la decisión de darle una oportunidad junto a su actual dueño, Pablo Verdugo, herrador de caballos, que ha sido muy bondadoso y se lo ha prestado para que lo rehabilite. Hoy Pirata avanza en su propia adaptación y rehabilitación física para sumarse algún día al trabajo de hipoterapia. En un mismo espacio, niños y caballos encuentran refugio, recuperan la dignidad y se ayudan a superar sus límites.

Dejar huella en la comunidad

Esta labor autogestionada muestra cómo el conocimiento profesional, el amor por los animales y la solidaridad pueden transformar la realidad de una comunidad. En un lugar donde el mar y el bosque enmarcan la vida diaria, el centro es un faro de inclusión y esperanza. Invita a perder el temor a las terapias asistidas con animales, a derribar prejuicios sobre la discapacidad y a respaldar las iniciativas locales que buscan equidad. Basta la voluntad de ayudar y la nobleza de un caballo para cambiar la vida de un niño.

Mira esta historia en el programa

Esta historia es parte del capítulo «Capítulo de estreno» de Dejando Huellas. Mírala y descubre las otras que se cuentan en el mismo episodio.

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