El clan Pata de Pato: un artesano, una perra y un pato por un Pichilemu sin basura
De vivir en su furgón a liderar limpiezas de playa en Punta de Lobos: la historia de un artesano en cuero y de su familia interespecie, que lleva la educación ambiental a las escuelas con una perra y un pato como maestros.

En las costas de Pichilemu, donde las olas golpean con fuerza y el viento marino marca el ritmo del día, se teje una historia de resiliencia y compromiso ambiental. Iván Jiménez, quien hoy recorre las playas con un pato y una perra a su lado, no siempre fue activista comunitario. Su viaje comenzó lejos, en Nueva Zelanda, donde vivió como mochilero tras dejar Chile desencantado por la desigualdad social y por un sistema que sentía ajeno. Al volver, la vida lo enfrentó a una severa crisis económica. Cuando creyó haber tocado fondo, descubrió que aún quedaba un abismo por descender.
De un furgón a la orilla del mar
Sin dinero y sin conocimientos de artesanía, tomó su furgón, su saxofón y una guitarra vieja, y se instaló a orillas del mar en Pichilemu. Fueron cinco meses y medio de vida austera. Para subsistir empezó a trabajar el cuero de forma rudimentaria, apoyándose en la corteza de un eucalipto caído para tallar sus primeras pulseras, objetos simples y toscos que él mismo describe con humor como «una pulsera mala, mala». Por las noches, después de lavarse la sal en las aguas heladas del océano, dormía en la parte trasera del vehículo.
«Recuerdo que siempre cuando me tapaba miraba el techo de mi camioneta y decía: cómo cambia la vida», cuenta.
Nace el clan Pata de Pato
Cuando el oficio dio sus primeros frutos pudo arrendar una casa en el pueblo. La marca adoptó el nombre «Pata de Pato», un juego de palabras con su segundo nombre y con el apodo «Patito» que le daban en su familia desde niño. Con un techo estable, sintió que era hora de abrir la puerta a un compañero animal: publicó en Facebook que quería adoptar una cachorra y un amigo le entregó a Diabla, una perra mestiza con rasgos de labrador. Desde hace nueve años y medio es su sombra: ha estado a su lado desde un funeral familiar hasta cada caminata por la costa.
Al proyecto le faltaba un símbolo natural: un pato. En primavera es cuando nacen las aves de corral, así que a esa altura del año era casi imposible encontrar uno. La oportunidad llegó en noviembre, cuando una amiga que trabajaba en el Parque Safari Rancagua le ofreció dos patos, un macho y una hembra, Celia. El macho, al que Iván llamaba su compadre, acompañó al artesano en sus primeras recolecciones de basura en la playa, hasta que descubrió que la compañía de Celia era más entretenida. De esa unión nacieron los primeros patitos.
Una mañana encontró a uno muerto y a otro agonizando. Consultó a una conocida, que le sugirió dejar que la naturaleza siguiera su curso. Él no se resignó. En la ferretería, mientras compraba materiales para reforzar el canil, se cruzó con la tía de una amiga, una mujer del campo con un tradicional «secreto de naturaleza». Al verlo angustiado, dividido entre trabajar un fin de semana largo de mucha venta en Punta de Lobos y el remordimiento de abandonar al patito, le prometió: «Yo te lo voy a cuidar, no sé qué va a pasar, pero voy a tratar de salvarlo». Con sus cuidados el patito sobrevivió. Lo llamaron Elvis y con él quedó formada la familia interespecie. Diabla y Elvis son, dice él, sus dos grandes maestros de vida.
Limpiezas de playa en Punta de Lobos
Punta de Lobos es hoy una Reserva Mundial de Surf gestionada por la Fundación Punta de Lobos, pero no siempre tuvo resguardo. Años atrás era una zona expuesta, casi «terreno de nadie», donde se acumulaba la basura de los visitantes. En ese entonces, él y cuatro artesanos locales empezaron, de forma voluntaria e independiente, a recoger lo que otros dejaban.
Cuando la fundación asumió la administración del parque, lejos de desplazarlos reconoció su liderazgo y sumó a los cinco artesanos al proyecto de conservación. Hoy el clan sigue encabezando jornadas de descontaminación en el roquerío y la costa, donde retira muchos kilos de plástico.
Un escenario con energía solar
Para dar autonomía a sus intervenciones, transformó su puesto de artesanía en una plataforma itinerante, el Tiny Duck Stage, que acompaña ferias y jornadas de limpieza en lugares como la laguna de Cahuil. Su diseño rinde homenaje a las sesiones musicales en vivo del formato Tiny Desk. Arriba se transforma en escenario y funciona solo con energía solar: sustentable por todos lados, como lo describe Iván.
Educación ambiental con una perra y un pato
El impacto del clan llega con fuerza a las aulas de la Región de O’Higgins. Acompañado por Diabla y Elvis, visita escuelas para impartir lo que los docentes llaman «educación significativa». Ver a un pato y a una perra conviviendo en armonía abre la mente de los niños al respeto entre especies.
Para mostrar el problema de la contaminación usa un ejercicio muy concreto: pide a un estudiante que abra un dulce y se lo coma, y pregunta cuánto tardó. Luego compara con lo que tarda ese envoltorio en degradarse. Con Elvis presente, los niños toman el peso de lo que significa que un pato se muera por culpa de la basura.
Los estudiantes de la Escuela Cahuil fueron los primeros en sumarse a las limpiezas de playa que el clan convocó en 2019. Esa relación inspiró a la escritora e ilustradora Antonela Rebeco a crear un cuento infantil que narra la travesía, hoy parte del catálogo de la biblioteca de la escuela. Los niños se leen y se ven dibujados como héroes protectores de su ecosistema. «Les explicamos a los niños cómo, aun siendo animales de diferentes especies y sin hablar el mismo idioma, podemos convivir y hacer algo por el medio ambiente. ¿Cómo no vamos a ser capaces nosotros, los seres humanos, de hacer algo al respecto?», plantea.
El gran sueño: el primer pueblo sin basura
La meta del clan va más allá de las limpiezas simbólicas: junto a escuelas rurales y vecinos organizados, trabaja para que Pichilemu sea el primer pueblo sin basura de Chile. Él sostiene que la educación ambiental tradicional suele hablarle al adulto resentido o indiferente, así que concentra su energía en la infancia: los niños son el motor que puede educar a sus propios hogares y terminar con la cultura del desecho plástico.
Tres lecciones resumen su camino. Derribar las etiquetas y los prejuicios: si en su juventud una bruja le hubiera dicho que a los 30 años sería artesano, habría hecho todo por evitarlo, y hoy reivindica la dignidad del trabajo manual. Educar desde la empatía y la experiencia: el cambio climático es abstracto para un niño, pero el vínculo con un animal y el daño visible del plástico se quedan para siempre. Y confiar en la infancia: la revolución ecológica no viene de grandes discursos, sino de la acción comunitaria diaria, y cuando los niños se reconocen como guardianes de su territorio, un pueblo limpio deja de ser una utopía.
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Esta historia es parte del capítulo «Capítulo de estreno» de Dejando Huellas. Mírala y descubre las otras que se cuentan en el mismo episodio.
