Un canil privado con treinta perros rescatados: la labor de Sonia

Sonia tiene 75 años y desde hace 30 se dedica por completo a rescatar perros de la calle, con el apoyo de sus hijos y de dos benefactores anónimos. Eduardo Montoya llegó con prejuicios y se fue con una lección.

Una mujer mayor de delantal azul conversa con el conductor del programa, que se agacha a acariciar a dos perros color miel, en un camino rodeado de bosque; en primer plano, un perro negro.

Una de las historias del episodio lleva a Eduardo Montoya hasta el campo, donde no hay timbre, ni señal de teléfono, ni internet. Allí vive Sonia, una mujer que tiene un vínculo con unos treinta perros que ha recogido de la calle. El programa no revela el lugar, y ella tampoco: puede pasar que la gente vaya a dejarle más perros.

Antes de llegar, una preocupación

Montoya llegó preocupado y ansioso. En más de veinte años como veterinario ha visto muchas realidades complejas en fundaciones y agrupaciones de rescate: perros que no están en buen estado, que no están bien. Por eso se fue sorprendido: lo que encontró fue maravilloso. Sonia, que tiene 75 años, resume su trabajo con sencillez: «Se hace lo que se puede». Reconoce que es un camino ingrato, porque a veces no la entienden y la tratan de loca.

Treinta años de dedicación

Lleva 30 años dedicada exclusivamente a los perros, aunque siempre lo hizo; hasta que sus hijos crecieron, la casa no pudo estar tan apegada a la causa. Entonces se prometió que, terminadas sus obligaciones de familia, se dedicaría por entero a ellos. El canil es privado: lo financia con la ayuda de sus hijos y de dos benefactores que prefieren el anonimato. Montoya, desobediente, les envía de todos modos un saludo anónimo.

Los perros salen por turnos, y cada uno vuelve a su corral. Los negros, que muchas veces son discriminados, tienen su propio turno: tiene 14 y, dice, se entienden entre ellos. Cada perro tiene su carnet; el veterinario revisó vacunas y condición corporal y no pudo menos que reconocer que los animales están gorditos y en buenas condiciones. «Nunca lo había visto en una persona que se dedica al rescate», dice.

Orden, cariño y despedidas

Sonia hace aseo completo los 365 días del año; una persona la ayuda una vez a la semana para que ella tenga un día de descanso. Usa una cámara para vigilar el portón y la zona que no alcanza a ver desde la casa. También tiene un cementerio: allí descansan los que se fueron por enfermedades, un infarto, parvovirus en cachorros. Montoya le pide, con respeto, que se cuide también a sí misma y no solo a los perros, y ella lo reconoce: sabe que tiene que hacerlo.

Una lección

Montoya llegó con un prejuicio y se fue con una lección: lo que Sonia tiene es un paraíso junto a sus perros. El programa le entregó un galvano, el reconocimiento que dan a quienes les abren las puertas de su corazón, con la esperanza de que lo que hace sea digno de replicar en otros lugares del país. Ella respondió con una invitación: «La casa de los perros es la casa de ustedes y la mía también».

Mira esta historia en el programa

Esta historia es parte del capítulo «10 de noviembre de 2024» de Dejando Huellas. Mírala y descubre las otras que se cuentan en el mismo episodio.

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